Palacio Clerici: el Tiepolo en el corazón de Milán
Entrar en el Palacio Clerici es como abrir un portón cualquiera en el caos de Milán y encontrarse en otra época. La fachada en la calle Clerici es austera, casi escondida, pero basta subir a la planta noble para entender por qué esta es una de las residencias más suntuosas del Milán del siglo XVIII. El momento culminante es la Galería del Tiepolo: el techo pintado al fresco está sobre ti como un cielo abierto, con el carro del Sol tirado por caballos entre nubes y deidades. No hay multitudes, no hay entrada. Solo una visita guiada gratuita, con reserva, que en media hora te devuelve el sentido de una corte principesca. Es una experiencia íntima, casi privada, a dos pasos del Duomo. Si amas el arte sin los tours masivos, aquí te sientes un invitado privilegiado.
Apuntes históricos
El palacio se alza sobre una propiedad de los Visconti, adquirida en el siglo XVII por la familia Clerici, mercaderes de seda originarios del lago de Como. Fue Giorgio Antonio Clerici quien lo transformó en una residencia principesca y llamó en 1741 a Giambattista Tiepolo para decorar la galería al fresco. Aquí, en 1771, se celebraron las bodas entre el archiduque Fernando de Austria y María Beatriz de Este, con un joven Mozart presente. Tras el traslado de la corte al Palacio Real en 1778, el edificio fue alquilado y subdividido. Vendido al Estado en 1813, se convirtió en sede de la Corte de Apelación en 1862 y desde 1942 alberga el ISPI.
- 1653: los Clerici adquieren la propiedad
- 1741: Tiepolo pinta la Galería
- 1771: boda archiducal
- 1813: venta al Estado
- 1942: sede del ISPI
La Galería del Tiepolo: un techo que deja sin aliento
Es el corazón del palacio, una sala de 22 metros de largo y poco más de 5 de ancho. El fresco de Tiepolo representa la carrera del carro del Sol entre las divinidades del Olimpo, con las alegorías de los cuatro continentes y un trampantojo que parece abrir el techo hacia el cielo. Al mirarlo, no puedes dejar de preguntarte cómo hacía un pintor para trabajar en una superficie tan grande. Debajo, las paredes están cubiertas de tapices flamencos de Jan Leyniers II y de una boiserie blanca y dorada de Giuseppe Cavanna, con escenas de la Jerusalén Liberada. El resultado es un conjunto armonioso en el que pintura, tejido y madera dialogan sin superponerse. No es un museo: es una sala que vive, y la luz que entra por las ventanas cambia continuamente los colores.
Patio de honor, escalera y salones de representación
Antes de subir, detente en el patio de honor: columnas dóricas pareadas y pórticos abovedados te dan la bienvenida con una elegancia mesurada. La escalera de granito, con sus cuatro tramos, es única en su género en Milán por las estatuas femeninas con atuendos orientales que la decoran. Al subir, se llega al Salón de Baile, de dos plantas de altura, con tribunas para los músicos y una bóveda pintada al claroscuro. Un poco más allá, la Galería de los Cuadros albergaba una colección de 110 pinturas, hoy dispersa, con obras de Guido Reni, Rubens y Van Dyck. Cada estancia cuenta un pedazo de historia: el Tocador de María Teresa, el dormitorio de los archiduques, los espejos dorados. Es un viaje al rococó que no te esperas, todo por descubrir con calma.
Por qué visitarlo
Primero: ver en vivo una obra maestra de Tiepolo en una sala poco concurrida, sin barreras ni cristales, es un privilegio que pocos palacios milaneses ofrecen. Segundo: las visitas son gratuitas con reserva, una ocasión rara en una ciudad donde los museos cuestan cada vez más. Tercero: la sede del ISPI es un lugar vivo, no un monumento frío: entrar aquí significa descubrir un pedazo de Milán que sigue siendo utilizado, con restauraciones cuidadas y aperturas especiales. Si quieres sorprender a quien te acompaña con algo diferente al habitual recorrido Duomo-Scala, este es el lugar adecuado. La reserva es obligatoria, pero realmente vale la pena.
Cuándo ir
El momento mejor es por la mañana temprano, antes del ir y venir de la ciudad: la luz entra oblicua por las ventanas y enciende los tonos dorados del fresco. También la primera hora de la tarde puede ser perfecta, sobre todo los días entre semana, cuando las visitas son más escasas. Evita los fines de semana de eventos especiales como el Fuorisalone, si buscas silencio. En invierno las salas son más íntimas, con la luz baja que crea un ambiente casi teatral; en verano, en cambio, el frescor del palacio es un refugio del caos. Pero la verdadera regla es una sola: consulta el calendario del ISPI y reserva el día en que la visita esté disponible. La belleza no espera, y aquí tampoco la entrada.
En los alrededores
Después de la visita, estás a dos pasos de Brera, con su pinacoteca y el ir y venir de artistas y estudiantes: perfecto para un café o para ver otra obra maestra, si tienes tiempo. O dirígete hacia el Teatro alla Scala y la Galería Víctor Manuel II, que están a un breve paseo: puedes combinar la visita con un recorrido por los escaparates o con un aperitivo cerca de la plaza Cordusio. Si prefieres un recorrido más tranquilo, el palacio está a pocos minutos del Duomo, pero a menudo se olvida doblar la esquina y descubrir estas callejuelas silenciosas. Un paseo hasta la calle della Spiga, en el cuadrilátero de la moda, completa la jornada.