Introducción: el Castillo de Redondesco
Caminando por Redondesco, en la provincia de Mantua, uno se encuentra con una silueta que asoma entre las casas: el Castillo de Redondesco. No es una fortaleza imponente, sino un conjunto de torres supervivientes que cuentan siglos de historia. La torre de entrada, cuadrangular y maciza, y la torre campanario son lo que queda de un sistema defensivo creado para controlar la vía Postumia. Se llega a pie, se levanta la vista y se comprende de inmediato que aquí la Edad Media sigue viva. La entrada es gratuita y la visita ofrece una perspectiva auténtica, alejada de los grandes circuitos turísticos. Un lugar que no esperas, capaz de sorprender por su sencillez.
Apuntes históricos
La historia comienza en el siglo XII, cuando Federico Barbarroja concede la zona a los condes de Redondesco. Las primeras estructuras se amplían entre los siglos XIV y XV, también gracias a los Sforza. En 1240 el castillo pasa a los Gonzaga, que lo convierten en un puesto avanzado estratégico en la vía Postumia. En el siglo XVII la fortaleza es desmantelada: quedan en pie la torre de entrada y la torre campanario. Tras las restauraciones de los años setenta y la intervención de 2013, después del terremoto de 2012, el castillo vuelve a ser visitable. Una historia larga, con muchos cambios de manos, pero siempre ligada al control del territorio.
- Siglo XII: concesión de Federico Barbarroja
- 1240: paso a los Gonzaga
- Siglos XIV-XV: ampliaciones bajo los Sforza y Gonzaga
- Siglo XVII: desmantelamiento y supervivencia de las dos torres
- Siglos XX-XXI: restauraciones y reapertura
Las dos torres: qué ver
Los protagonistas son dos. La torre de entrada, cuadrangular, tiene una base de ladrillo y piedra y conserva todavía el almenado. Bajo los Gonzaga se añadieron la parte inferior, el revellín y un tramo de las murallas. La segunda torre, más baja y ancha, funcionaba como antetorre: tenía un acceso doble, con una puerta arqueada, un puente levadizo y una poterna hoy tapiada. Subiendo las escaleras interiores se notan los frescos y los diferentes estratos constructivos. La torre principal, con frescos del siglo XIV, fue luego elevada para albergar la celda campanaria. Desde la cima, la vista sobre toda la villa es el premio final.
En la vía Postumia
Redondesco nace en época romana como estación en la vía Postumia, camino de antiguo paso. El castillo, con su posición estratégica y los canales de agua, servía para controlar ese recorrido. Caminando alrededor de las murallas se respira el ambiente de un pueblo fortificado: calles estrechas, campos, silencio. El conjunto recuerda al Castillo de San Giorgio de Mantua, pero en una versión más recogida e íntima. Quizás sea precisamente esta escala reducida lo que lo hace especial: no hace falta un gran monumento para sentir el peso de la historia. Basta con dos torres, un trozo de muro y la memoria de quienes han pasado por aquí.
Por qué visitarlo
El Castillo de Redondesco merece una visita por al menos tres razones. Primera: la entrada es gratuita, así que se puede asomarse sin compromiso y sin prisa. Segunda: se descubren detalles poco comunes como los restos del puente levadizo y los huecos de los pernos, que cuentan cómo funcionaba una fortificación de verdad. Tercera: la ubicación a lo largo de la Vía Postumia y la cercanía con el Eremitorio de San Pedro y la Iglesia de San Mauricio convierten la visita en un mini itinerario entre la Edad Media y el Renacimiento. En definitiva, es el tipo de lugar que deja huella sin necesidad de gastar o hacer colas.
Cuándo ir
¿El momento más sugerente? El atardecer, cuando la luz rasante enciende los ladrillos de la torre de entrada y el pueblo se duerme. En otoño, además, el ambiente es perfecto: con motivo de las Jornadas FAI el castillo abre con visitas guiadas, pero también una mañana de primavera regala emociones. Evitaría las horas centrales del verano, cuando el sol está alto y las sombras son menos interesantes. Lo bueno es que, al ser un lugar poco conocido, a menudo se tiene casi todo para uno.
En los alrededores
Vale la pena alargar el paseo hasta el Romitorio de San Pedro, una pequeña joya románica con frescos del siglo XV. Un poco más allá, la iglesia de San Mauricio, de origen canosiano, conserva frescos renacentistas de la escuela mantegnesca, un coro de madera del siglo XVIII y reformas neogóticas. Dos paradas que completan el panorama de un territorio rico en estratificaciones, donde cada piedra tiene una historia que contar. Perfectas para quienes aman descubrir los detalles ocultos de la provincia.