Introducción: el símbolo herido de L’Aquila
Caminando por la Piazza Duomo, la mirada va directamente a la Catedral metropolitana de los Santos Máximo y Jorge. Es el símbolo religioso de L’Aquila, pero hoy se presenta como una obra: el terremoto de 2009 la golpeó duramente y las restauraciones están en curso. La fachada neoclásica, con sus columnas y sus dos campanarios, todavía domina la escena, pero se entiende que detrás de esos andamios se esconde una historia de ocho siglos. No se puede entrar, pero detenerse a mirarla ya es una forma de entrar en contacto con la ciudad. Porque esta catedral no es solo un edificio: es la memoria viva de L’Aquila.
Apuntes históricos
La catedral nace con la ciudad. En 1256 el papa Alejandro IV traslada la diócesis de Forcona a L’Aquila, y la iglesia ya existente se convierte en catedral. Poco después, en 1259, Manfredi la destruye: se reconstruye en la Piazza Duomo. Tras el terremoto de 1315 toma forma el edificio medieval de tres naves, del que hoy solo queda la pared derecha con monóforas ojivales. El seísmo de 1703 es devastador: se derrumba casi todo. La reconstrucción barroca comienza en 1711, pero avanza lentamente: el ábside se consagra en 1734, la iglesia reabre solo en 1780. En 1928 se completa la fachada con las dos torres. El 6 de abril de 2009 el terremoto provoca el derrumbe del crucero y daños gravísimos. Los trabajos de restauración, iniciados en 2023, durarán unos cinco años.
- 1256/1257 – Traslado de la sede episcopal de Forcona a L’Aquila
- 1259 – Destrucción por orden de Manfredi
- 1315 – Reconstrucción tras el terremoto
- 1703 – Terremoto: derrumbe casi total
- 1711 – Inicio de la reconstrucción barroca
- 1780 – Reapertura al culto
- 1928 – Finalización de la fachada neoclásica
- 2009 – Terremoto: derrumbe del crucero
- 2023 – Inicio de los trabajos de restauración
Arquitectura y restauraciones: entre el barroco y las obras
El interior, hoy inaccesible, es una obra maestra del barroco: planta de cruz latina, nave única con capillas laterales intercomunicadas, como en la iglesia de San Ignacio de Roma. La bóveda está pintada al fresco por Annibale Brugnoli y Gennaro della Monica (1886-87) con los santos protectores Máximo, Bernardino, Pedro Celestino y Equicio. Curiosidad: la cúpula no existe, es un lienzo de Venanzio Mascitelli que la simula en perspectiva. El terremoto de 2009 derrumbó el crucero y parte del ábside, dejando el edificio expuesto durante años. La restauración en curso, de 37 millones de euros, incluye también la reconstrucción de la ‘falsa cúpula’ sobre una estructura ligera con video mapping. Una intervención compleja, que intenta devolver al monumento su integridad.
Las obras de arte: un museo dentro de la iglesia
No se puede entrar, pero la catedral guarda tesoros que vale la pena conocer. El monumento sepulcral del cardenal Amico Agnifili, esculpido por Silvestro dell’Aquila en 1480, está considerado una de las mayores obras maestras del Renacimiento de los Abruzos. En las capillas laterales se encontraban lienzos de Baccio Ciarpi, Francesco da Montereale y el dramático ‘San Carlos entre los apestados’ de Teofilo Patini. El altar mayor custodia las reliquias de San Máximo, patrón de la ciudad, mientras que en la capilla de San Carlo se conserva la cabeza de San Victorino. También hay un coro de madera del siglo XVIII tallado por Ferdinando Mosca de Pescocostanzo. A la espera de la restauración, estas obras permanecen invisibles, pero su importancia hace que el lugar sea aún más misterioso.
Por qué visitarlo
También desde fuera, la catedral merece una parada. ¿El motivo principal? La fachada neoclásica es un auténtico espectáculo: orden gigante jónico, frontón y dos torres campanario que enmarcan la Plaza del Duomo. Luego está el valor simbólico: ver un monumento que ha sufrido terremotos, destrucciones y reconstrucciones durante siglos, y que hoy está de nuevo en obras, da la medida de la resiliencia de L’Aquila. Por último, un paseo alrededor del edificio permite apreciar los detalles medievales supervivientes, como el muro del siglo XIII con las monóforas ojivales. Tres buenas razones para no limitarse a una foto de grupo y echar un vistazo más atento.
Cuándo ir
El mejor momento es a última hora de la tarde, cuando el sol bajo ilumina la piedra de la fachada y los campanarios proyectan sombras largas sobre la plaza. En invierno, con la nieve en las montañas o la luz rasante, el ambiente es aún más evocador. Si pasan el 10 de junio, día de San Máximo, la ciudad se reúne alrededor de la catedral para la fiesta del patrón. Aunque el interior esté cerrado, la plaza se convierte en el escenario de la devoción popular. En cualquier caso, eviten las horas centrales del verano: el sol pega fuerte y las obras lo hacen todo más polvoriento.
En los alrededores
Después de la catedral, continúen hacia la Basílica de Santa María de Collemaggio, poco fuera de las murallas: es el símbolo del perdón, con su fachada románico-gótica y la Puerta Santa. Otra joya es la Basílica de San Bernardino, en el corazón del centro histórico, donde reposa el santo sienés y se admira una obra maestra renacentista. Ambas han sido dañadas por el terremoto y representan paradas imprescindibles de un itinerario aquilano entre fe y arte. No olviden degustar un arrosticino abruzzese en una de las trattorias de la zona.