Villa Necchi Campiglio, casa-museo de los años 30 en Milán
Ni siquiera parece que estés en Milán: estás en via Mozart, a dos pasos del centro, y sin embargo la ciudad desaparece. Tras la verja, Villa Necchi Campiglio es una hermosa sorpresa hecha de jardines, piscina y una casa donde el siglo XX ha permanecido intacto. Nada de vitrinas de museo: aquí el FAI ha conservado mobiliario original, objetos de familia y ese ambiente recogido que te hace hablar en voz baja. Se camina entre el salón, la biblioteca y la veranda con plantas, y en cierto momento te parece ser un invitado de los años 30. Es elegante, sí, pero también vivo: algunas estancias parecen recién usadas, con la chimenea apagada o el escritorio listo. A mí me resultó emocionante precisamente por eso, por su aire un poco fuera del tiempo, en una de las ciudades más frenéticas de Italia. Una casa-museo que no parece un museo, y que recomiendo a cualquiera que quiera conocer otra cara de Milán.
Apuntes históricos
Detrás de esta quietud se encuentra la historia de dos familias industriales. En 1935 se completó la villa diseñada por
Piero Portaluppi para las hermanas Nedda y Gigina Necchi y para Angelo Campiglio, empresarios de las máquinas de coser. La casa es moderna, racionalista, con toques Art Déco y tecnología de vanguardia. En los años siguientes,
Tomaso Buzzi la remodela con mobiliario del siglo XVIII: los propietarios quieren un salón más acogedor, más ‘lombardo’. En 2001, Gigina Necchi Campiglio dona todo al FAI; tras la restauración, en 2008 la villa se abre al público. Una cronología rápida para orientarse.
- 1930-1935: construcción según proyecto de Portaluppi
- 1938: intervenciones de Buzzi
- 2001: donación al FAI
- 2008: apertura al público
La arquitectura: racionalismo con una marcha más
La fachada está hecha de travertino, pórfido y mármol, pero es al entrar cuando se comprende cuánto amaban el futuro los años treinta. El comedor tiene un techo decorado con constelaciones y signos zodiacales, la veranda es un invernadero de plantas y cristal donde las hojas crecen entre los dobles ventanales. También hay accesorios futuristas: ascensor, montaplatos, interfonos, calefacción central e incluso una piscina privada, una de las primeras de Milán. Portaluppi no se detuvo en el exterior: dejó su firma en lámparas, carpinterías y hasta en los detalles de nogal y palisandro. Lo que hoy se ve, sin embargo, no es racionalismo puro: tras la guerra, Buzzi cubrió algunas paredes con tapices y suavizó los salones con un estilo más clásico. El resultado es un híbrido único que refleja los gustos cambiantes: desde el entusiasmo por la modernidad hasta el retorno a la tradición.
Tres colecciones que transforman la casa en un museo
La villa ya sería interesante con los muebles, pero el FAI la ha convertido en una casa museo rica y sorprendente. En el recorrido encuentras la Colección Gian Ferrari con pinturas de Balla, Boccioni, De Chirico, Morandi, Sironi y Wildt, en gran parte expuestas en el atrio y en el salón. Luego está la Colección De’ Micheli, un verdadero viaje al siglo XVIII con vistas de Canaletto, Tiepolo y Rosalba Carriera, además de porcelanas chinas y cerámicas lombardas, ubicada en la Habitación de la Princesa. Y, desde 2017, la Colección Sforni reúne obras sobre papel de artistas como Picasso, Modigliani y Fontana. Lo bonito es que las obras no están colgadas en filas ordenadas, sino que conviven con los muebles y los objetos de la casa. Así, el arte vuelve a ser parte de la vida cotidiana, y no solo algo para mirar en fila.
Por qué visitarlo
Los motivos prácticos no faltan. En primer lugar, es una de las pocas casas-museo de la ciudad donde todo ha permanecido en su lugar: no muebles prestados sino mobiliario y objetos de la familia, una autenticidad que no tiene precio. En segundo lugar, la gestión FAI ha añadido desde 2022 una videoinstalación inmersiva dedicada al desarrollo urbano de Milán, una forma de entender el contexto sin aburrirse. En tercer lugar, si aman el cine, reconocerán algunos espacios de la película ‘Yo soy el amor’, rodada aquí. Y no olviden la practicidad: la entrada general cuesta 15€, pero para los menores de 25 años la reducción la deja en 9€. Además, con la Card Case Museo (25€) se accede a las cuatro casas-museo milanesas del circuito, una pequeña inversión que merece la pena si tienen tiempo.
Cuándo ir
Si puedo daros un consejo, elegid un día laborable y llegad poco después de la apertura. La villa está casi vacía, los ruidos son escasos y se respira un silencio de tiempo suspendido. No hay un momento perfecto en absoluto: lo bello es que cambia con la luz. Al atardecer, cuando el sol entra oblicuo por las ventanas de la veranda, los cristales y los mármoles se encienden con reflejos cálidos. Pero también una mañana gris tiene su encanto: la casa parece una joya, con el jardín húmedo que la hace aún más íntima. El verdadero consejo es no correr: tomaos una pausa, sentaos en el jardín unos minutos y dejad que el bullicio de la ciudad se quede fuera del portón.
En los alrededores
La villa se encuentra en el llamado ‘barrio del silencio’, pero en la zona no faltan otros destinos. Se puede combinar la visita con los Jardines Indro Montanelli, un pulmón verde que invita a pasear, o con la Pinacoteca de Brera para un baño de arte antiguo y moderno. Si además todavía tenéis energía, el barrio de Porta Venezia ofrece palacios modernistas y cafés históricos donde acabar el día con tranquilidad.