Basílica Inferior de San Francisco: frescos de Giotto y Cimabue en la cripta del santo

La Basílica Inferior de San Francisco de Asís es el corazón espiritual y artístico de la ciudad umbra, con frescos de Giotto, Cimabue y Simone Martini que narran la vida del santo. La cripta conserva la sencilla tumba de Francisco, mientras que las naves ofrecen un viaje por el arte medieval italiano.

  • Frescos de Giotto y Cimabue en el mismo espacio para comparar a dos gigantes de la pintura medieval
  • Tumba de San Francisco en la cripta, con una atmósfera recogida y esencial
  • Ciclo franciscano de Giotto con 28 escenas de la vida del santo en la nave derecha
  • Sitio UNESCO que atrae visitantes de todo el mundo por su arte y espiritualidad

Copertina itinerario Basílica Inferior de San Francisco: frescos de Giotto y Cimabue en la cripta del santo
La Basílica Inferior de San Francisco de Asís alberga los frescos de Giotto y Cimabue, la tumba del santo en la cripta y obras de Simone Martini. Guía a las naves con frescos y al sitio UNESCO en Umbría.

Información útil


Introducción

Descender a la Basílica inferior de San Francisco de Asís es como entrar en otra dimensión. Mientras que la Basílica superior te acoge con su luz y majestuosidad, aquí abajo la atmósfera cambia por completo: el aire es más denso, la luz tenue, y el silencio parece tener un peso diferente. No es solo una iglesia, es un viaje al corazón de la Edad Media umbra, donde cada fresco cuenta una historia que va más allá de la religión. Hay momentos en los que te detienes y piensas: ‘Aquí han caminado millones de personas durante ocho siglos, y sin embargo este lugar mantiene una intimidad increíble’. La sensación es la de ser invitado en un lugar que, a pesar de la fama mundial, conserva un alma auténtica y recogida.

Apuntes históricos

La construcción comenzó en 1228, apenas dos años después de la muerte de Francisco, por voluntad del papa Gregorio IX, quien deseaba un lugar digno para custodiar los restos del santo. La basílica fue consagrada en 1253, pero los trabajos de decoración continuaron durante décadas, involucrando a los principales artistas de la época. Giotto llegó aquí a finales del siglo XIII, revolucionando la pintura con sus Historias de San Francisco en la nave central. Poco después, Cimabue pintó al fresco el crucero con escenas apocalípticas que hoy muestran las huellas del tiempo de manera fascinante. Es curioso pensar que esta obra medieval era un poco como una Silicon Valley del arte de la época, donde se experimentaban técnicas y lenguajes nuevos.

  • 1228: Inicio de la construcción por voluntad del papa Gregorio IX
  • 1253: Consagración de la basílica
  • Finales del siglo XIII: Giotto realiza el ciclo franciscano
  • Alrededor de 1290: Cimabue pinta al fresco el crucero
  • 1997: La basílica sobrevive al terremoto que dañó gravemente la superior

Los frescos que hablan

Lo que impacta no es solo la belleza de los frescos, sino cómo están dispuestos. Giotto no ha simplemente decorado las paredes, ha creado una narrativa visual que te acompaña paso a paso. Las veintiocho escenas de la vida de Francisco en la nave derecha son como un cómic medieval: desde el rechazo de los bienes paternos hasta el sermón a los pájaros, pasando por los estigmas. Cada recuadro tiene detalles que narran la vida del siglo XIII: los vestidos, las arquitecturas, las expresiones de los rostros. En la contrafachada, además, hay un detalle que pocos notan: la Magdalena de Giotto tiene una delicadeza en los trazos que anticipa el Renacimiento. Y en el transepto izquierdo, los frescos de Cimabue sobre el Juicio Final -aunque ennegrecidos por el tiempo- conservan una potencia dramática que te hace entender por qué Dante lo definió ‘el maestro de los que saben’.

La cripta y el silencio

Descender a la cripta es una experiencia que va más allá de la visita turística. La tumba de Francisco es sorprendentemente sencilla: una piedra tosca rodeada por una reja de hierro, iluminada solo por unas pocas lámparas de aceite. Ni oro, ni mármoles preciosos: solo piedra y hierro, como él habría querido. El ambiente aquí es tan recogido que incluso en los días de mayor afluencia se logra encontrar un momento de recogimiento. A los lados, en los nichos, descansan cuatro de los primeros compañeros de Francisco: León, Ángel, Rufino y Masseo. Hay algo que siempre me ha impresionado: la diferencia entre la grandiosidad de la basílica de arriba y esta esencialidad subterránea. Es como si la arquitectura quisiera recordarte que, a pesar de la fama y la gloria póstuma, Francisco siguió siendo hasta el último momento ‘el pobrecillo de Asís’. A veces ves peregrinos que se detienen en oración, otros que simplemente observan en silencio: cada uno vive este espacio a su manera.

Por qué visitarla

Tres razones concretas por las que vale la pena. Primera: es uno de los pocos lugares del mundo donde puedes ver frescos de Giotto y Cimabue en el mismo entorno, permitiéndote comparar a dos gigantes de la pintura medieval a pocos pasos de distancia. Segunda: la acústica de la basílica es extraordinaria; si tienes la suerte de escuchar un coro o un órgano, el efecto es inigualable. Tercera: la visita a la cripta te ofrece un contacto directo con la historia más auténtica del franciscanismo, lejos de la monumentalidad de la basílica superior. Y hay una cuarta razón, más personal: después de ver las reproducciones en libros durante años, encontrarse frente a los originales marca una diferencia abismal: los colores, las dimensiones reales, la textura de los revoques tienen un impacto que ninguna fotografía puede transmitir.

Cuándo ir

¿El mejor momento? La primera hora de la mañana, cuando los grupos organizados aún no han llegado, y la luz que se filtra por las ventanas crea juegos de claroscuro sobre los frescos. O bien a última hora de la tarde, cuando la multitud disminuye y puedes disfrutar de la basílica con más tranquilidad. Evita las horas centrales de los días de verano, no por el calor (dentro hace fresco), sino por la aglomeración. Una vez estuve allí en un día de lluvia ligera en otoño, y debo decir que la atmósfera era perfecta: poca gente, el sonido de la lluvia amortiguado por las bóvedas, y esa luz gris que parecía realzar los colores de los frescos. En invierno, además, Asís es menos turística y la visita adquiere un sabor más auténtico.

En los alrededores

Al salir de la basílica, no te pierdas dos experiencias cercanas que completan la visita. La primera es el Museo del Tesoro de la Basílica, que custodia reliquias, vestimentas sagradas y obras de arte donadas a lo largo de los siglos; hay un pluvial del siglo XIII bordado con historias de Francisco que es una obra maestra de artesanía. La segunda es un paseo hasta la Porciúncula, en la Basílica de Santa María de los Ángeles, a las afueras de Asís: es la capilla donde Francisco fundó la orden franciscana, restaurada por él mismo, y ver el contraste entre la simplicidad de ese lugar y la grandiosidad de la basílica que la alberga hoy es revelador. Si tienes tiempo, detente a contemplar el panorama desde la Rocca Maggiore; desde allí entiendes por qué Francisco eligió estas colinas.

💡 Quizás no sabías que…

En la cripta bajo el altar mayor descansan los restos de San Francisco, descubiertos solo en 1818 tras siglos de búsqueda. Observa con atención los frescos de la bóveda: Giotto pintó aquí sus primeras Historias de San Francisco, un ciclo que revolucionó la pintura occidental. En la Capilla de San Martín, busca el retrato del cardenal Gentile Partino da Montefiore, comitente de la obra: es uno de los pocos retratos realistas del Trecento que han sobrevivido. Los peregrinos suelen dejar notas con oraciones en las grietas de la tumba del santo, una tradición que continúa desde hace siglos.